MÁS QUE EL FUTURO, ATENDAMOS EL PRESENTE
Por Julio César Romero Magliocca
Hay niños que en Uruguay nacen perdiendo. No por falta de sueños, ni de capacidad, sino porque llegan a un mundo donde las oportunidades ya vienen recortadas. Las políticas que debieron protegerlos han fallado una y otra vez, generando desplazamientos de familias enteras hacia márgenes cada vez más frágiles: asentamientos irregulares donde la convivencia se vuelve una lucha diaria y la infancia se acorta.
En esos territorios, la droga no aparece como una elección, sino como una amenaza constante. Rodea, seduce, lastima. Expone a los niños a peligros que no deberían conocer y les roba, demasiado pronto, la inocencia y la calma que toda niñez merece.
Muchos de ellos logran llegar a la escuela, pero no todos pueden completar el camino. La secundaria queda lejos cuando el hambre aprieta, cuando el hogar necesita un ingreso más, aunque sea mínimo.
Así, la educación se interrumpe temprano y los jóvenes abandonan los estudios para asumir trabajos mal remunerados, no por vocación, sino por urgencia; no por proyecto, sino por necesidad. El tejido social se desgarra desde la raíz, y las respuestas llegan tarde o mal. Las políticas sociales, en lugar de transformar, muchas veces solo emparchan. Programas que alivian el momento, pero no cambian el destino; acciones fragmentadas que no logran romper un círculo que se perpetúa en el tiempo.
Hablar de los niños como “el futuro” suena bien, pero es insuficiente. Los niños son presente. Son hoy. Y lo que no hagamos ahora se convertirá mañana en una deuda imposible de saldar.
Atender el presente de nuestros niños no es un gesto de sensibilidad: es una obligación ética, social y humana. Porque una sociedad que permite que su infancia crezca perdiendo, tarde o temprano termina perdiéndose a sí misma.

